La palabra "bautismo" es un término
de origen griego que significa "sumergir en el agua"
o "sumergirse". Inicialmente, en su acepción
más arcaica consistía en una inmersión
en el agua. Los cristianos de tradición latina reutilizaron
la palabra griega, latinizándola, y así llamaron
a este rito "bautismo". Por eso, esta palabra es propia
y específicamente una expresión cristiana y sólo
debería usarse con referencia al rito cristiano como
rito de iniciación, una incorporación a Cristo.
Por el bautismo el bautizado se convierte
en un hombre nuevo, en un hombre regenerado, inmerso en una
nueva existencia, unido al triunfo de Cristo sobre el mal y
sobre la muerte. Un gesto propio, único e intransferible
que supone el ingreso en la comunidad cristiana, imposición
de un nombre, aceptación de unas creencias y formas de
comportamiento.
Este primer sacramento no acompaña
al desarrollo biológico de la persona sino a los diferentes
niveles de su gradual y progresiva incorporación a Cristo,
ya que el bautismo no es solo un sacramento para niños,
sino que también existe la celebración del bautismo
para adultos.
La palabra "bautizo" significa "poner
nombre a algo o alguien" por lo que es justo que, en una
sociedad laica, haya personas que deseen celebrar, al margen
de la religión, una ceremonia simbólica.
Una vez que el nombre del niño
esta reconocido en el Registro Civil, los padres tienen la opción
de realizar un acto social y humano destinado a solemnizar la
imposición del nombre del bebé con rigor, profundidad
y ritmo adecuado, donde los valores de libertad, amor, igualdad, comprensión,
tolerancia, convivencia, respeto, paz y sobre todo la sensibilidad
logre reconciliar posiciones enfrentadas entre los partidarios
de acogerse a un ceremonial religioso y los que se inclinan
por una ceremonia civil.